A veces no entendemos cuando la vida comienza a dar brincos
donde te elevas más alto de lo que nunca imaginaste, donde te puedes mirar una
y otra vez y ya no te encuentras, porque te transformaste, te conviertes en tu escancia
mas una suma de muchas cosas que aprendiste en tu existencia.
Hace un tiempo atrás tenía un millón de consejeras, un
terapeuta, una almohada donde apoyar mi cabeza repleta de pensamientos, pero hoy eso ya no
está, y no porque quisieran dejarme sola, más bien esa transformación fue producto
de algo que aun no logro comprender. Aun no sé si lo que veo me gusta, tampoco
sé si es socialmente correcto y menos cuánto durará. Pero aprendí a
disfrutarme, a saber que a pesar de todas las derrotas o de todo lo que pueden
decir o hacerme solo necesito de un buen refugio que sin duda está acá adentro
y no en mi teléfono celular o en alguna extensión de mí.
El saber que existes para ti y por ti no te convierte en una
egocéntrica desenfrenada y lanzada a la vida – bueno en algunos casos
seguramente es así – pero en el mío me doy cuenta que soy normativamente correcta,
pero eso lo disfruto, y discúlpenme pequeños genios pensantes, reflexivos y hastiados
de tanta banalidad, pero de esto estoy hecha, de lo simple, de lo casual, de lo
popular, eso que encuentras caminando, existiendo, respirando.

1 comentario:
Hermosa, que increíble que aún publiques... podría seguirte la iniciativa, me parece provechoso.
Adoro que escribas. Adoro lo que escribes. Te adoro a ti.
Publicar un comentario