27 sept 2009

Otoño en Curicó


Y esperaba otra vez la llegada del otoño, pero no en cualquier lugar, ni a cualquier hora, era en ese territorio de siempre, con esa alfombra de hojas cafés que la embargaban y la dejaban en la nada, pero una nada repleta de ella y sin más que sus pensamientos lejanos e incomprendidos por los que la miran inerte, sin voz, sin vida.
Cuando no está en ese lugar se siente amputada, como si le arrancaran el útero de un suspiro y se rieran de ella a carcajadas, escuchando una y otra vez esas voces que le ordenan a diario que hacer y donde ir.
Respira otra vez, se toma los puños del chaleco para tapar en lo posible la mitad de sus manos, están frías; pero eso no le molesta, sólo lo hace como un acto reflejo; siente como el aire frió azota sutilmente su cara, y el vaivén de una mecha que cuelga por encima de su oreja la distrae. Y las ramas de los árboles se juntan tocando el cielo, logrando formar una especie de castillo, donde ella está dentro y se siente grande. No están ellos, el resto, los de media cuadra o él hombre del auto blanco, ni la mujer embarazada que se esconde de ella, o la madre sustituta que no la deja sola porque la que la parió la dejo con el hombre del auto blanco. No hay nadie que la mire, pero sabe que el trayecto es corto, terminará pronto junto con el otoño y se perderán ambos con la llegada de un invierno, primavera o verano. Ahora llora, lo hace bien y le gusta descubrirlo, unos dicen que para manipular, otros, para generar lastima colectiva, ella prefiere decir que llora por el término del otoño y el temor que se termine ese lugar, con su alfombra y su castillo, donde sólo ahí puede ser ella.

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